De Ultranacionalismos, fanatismos, machismos y otros lastres – Patricia Barba Ávila

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Código de Hamurabi  2

Nuestra lealtad es para las especies y el planeta. Nuestra obligación de sobrevivir no es sólo para con nosotros mismos, sino para ese Cosmos antiguo y vasto del cual provenimos.
Carl Sagan

Patricia Barba Ávila

Desde tiempos inmemoriales, la especie Homo sapiens y otras con las que está cercanamente emparentada, tienden a la formación de grupos de individuos que comparten más o menos los mismos intereses, objetivos, características, comportamientos, etc, impulsados también por instintos de sobrevivencia como la territorialidad, la agresividad, la solidaridad y el egoísmo, tendientes a la conservación de la vida que, a decir de Richard Dawkins en El gen egoísta, es sólo la estrategia empleada por los genes para su perpetuación. De aquí que las conductas resultantes de nuestro primitivo cerebro reptílico hayan sido paulatinamente racionalizadas en forma de tradiciones, costumbres, leyes, religiones y códigos, por la más sofisticada y reciente corteza cerebral que, de acuerdo con algunos hombres de ciencia, es la Joya de la Corona evolutiva…¿será?

Con base en lo anterior y con el transcurrir del tiempo, estos grupos de animales humanos, fueron formando convenciones y leyes a partir de dichas racionalizaciones y conceptos tales como el nacionalismo y el patriotismo que, entre otras, fueron la base de constituciones y legislaciones que se tradujeron en los fundamentos de las naciones, reinos e imperios en las distintas regiones del mundo. Ejemplos de tales convenciones políticas y religiosas hay muchos, pero sólo mencionaremos los más sobresalientes no sólo por su íntima correlación, sino por haber ejercido y, desafortunadamente, seguir ejerciendo una poderosa influencia en millones y millones de gente. Uno de dichos ejemplos es lo que muchos conocemos como el “Antiguo Testamento” de la Biblia, que para los judíos es la Torá, mientras que el Corán, que es el libro sagrado de los musulmanes, contiene los textos tanto de la Torá como del Antiguo Testamento del libro sagrado de los católicos -esto hay que aclararlo, puesto que la otra parte de este libro son los escritos de evangelistas como Marcos, Lucas, Mateo y Juan -que, dicho sea de paso, no fueron contemporáneos de Jesús el Cristo- y que se conoce como el “Nuevo Testamento”.

Lo interesante aquí es que estos escritos no sólo atienden temas religiosos sino que constituyen códigos de comportamiento social, político y moral de los pueblos cuyos “profetas” los generaron, a decir de ellos mismos, “por inspiración divina”, un falaz e indemostrable argumento esgrimido para fortalecer su posición de superioridad sobre el resto de sus congéneres. Una de las características más relevantes que se puede advertir en estos textos es la marcada tendencia a la diferenciación entre tribus o grupos sociales, así como entre ambos sexos, tal como se puede constatar al leer pasajes de ellos en los que Yahvé, el dios de los israelitas, un pueblo de pastores de esa región del Medio Oriente, ordena “aniquilar, destruir, obliterar, violar, esclavizar, saquear” a todos aquéllos que no le rindan pleitesía, diciéndoles que “les dará como herencia” a todas esas ciudades y los territorios más remotos de la tierra, lo que representa una clara racionalización de los ya mencionados instintos de dominio y agresividad. Y respecto del trato a las mujeres, huelga decir que era vejatorio y terrible, si nos atenemos a la historia de Lot, el elegido de Yahvé a quien decidió salvar de la destrucción de Sodoma y quien para salvar a dos ángeles -varones- de ser ultrajados sexualmente por un grupo de hombres enardecidos, les ofrece a sus dos hijas vírgenes para que hicieran con ellas lo que quisieran.

Con estos ejemplos no quiero, en absoluto, implicar que el racismo, el guerrerismo, la ambición y la crueldad, entre otros lastres que no hemos sido capaces de superar, sean privativos de las etnias de aquélla región, sino que pueden advertirse entre egipcios, babilonios, persas, chinos, mexicas, mayas, incas, etc. Es decir, todas las culturas del planeta, en mayor o menor grado, poseen sus “libros sagrados” y códigos creados por élites formadas por individuos que merced de ciertas circunstancias, estuvieron en el lugar indicado en el momento indicado para adquirir conocimientos sobre fenómenos naturales que causaban terror y desconcierto. Con toda esta información que mantuvieron secreta, se colocaron en una posición de superioridad y formularon credos religiosos, deidades fabulosas, códigos de conducta y castigo que les permitirían no sólo dominar vastos números de gente atemorizada y crédula, sino heredar ese poder a sus descendientes.

Esta ha sido y sigue siendo la conducta de nuestra especie que, a diferencia del resto de los animales, ha alcanzado sorprendentes hallazgos científicos y tecnológicos que, contradictoriamente, no han logrado una verdadera evolución del pensamiento y aspiraciones humanas y con ello, generar un auténtico progreso igualitario a nivel global, sino que, en muchas ocasiones, han sido empleados para impulsar los afanes de poder y control de los pocos sobre los muchos.

En este devenir histórico, hemos atestiguado el surgimiento de movimientos e ideologías que se han opuesto al statu quo, tales como el comunismo, el socialismo y, de manera más específica y limitada a cuestiones de raza y género, el feminismo y el nacionalismo, siendo este último en ocasiones y en forma de ultranacionalismo, un eufemismo para ocultar el racismo, además de ser una bandera que ha servido de pretexto para hacer la guerra a otros y así, explotarlos y apoderarse de sus recursos. Y si bien es cierto que en el caso del socialismo y el feminismo, se ha logrado echar atrás algunos atavismos terribles, también es cierto que estos esfuerzos no han implicado una profunda e integral evolución intelectual/espiritual de nuestra especie que la posibilite a alcanzar estadios superiores de convivencia con sigo misma y su entorno.

Hay quienes aprecian el nacionalismo como una virtud, como un signo de lealtad a su propia raza o comunidad. El problema con esto es que lejos de fomentar la solidaridad y la tolerancia entre pueblos, bajo la verdad científica de que todos provenimos del mismo ancestro, sólo ha servido para avanzar la codicia de los pocos que encuentran insorportable no ejercer el poder sobre los demás. En pocas instancias, ciertamente, el nacionalismo ha sido enarbolado por movimientos sociales para el rescate de recursos o derechos, tal como ha ocurrido en países como México, donde se intentó sin éxito, impedir el despojo de una industria recuperada, décadas atrás, del dominio de empresas extranjeras por parte de Lázaro Cárdenas, el único presidente respetable que ha tenido este país.

No obstante, tal como lo he expresado en otros textos, si bien es cierto que se debe defender los derechos que tiene una comunidad sobre los recursos para garantizar el bien de todos, tristemente, sean nacionales o extranjeros los que ejerzan el control sobre la riquezas, éstas siempre quedarán en manos de una pequeña élite mientras que el grueso de la población, en cualquier país con “democracia representativa”, siempre estará al margen y cada vez más empobrecida. Porque aquí el tema no es pelearse contra otros de raza o nacionalidad distinta, sino comprender que no es contra ellos contra los que hay que defender derechos, sino contra ese 1% que se ha enriquecido inmoderadamente y que han diseñado una “ideología” -yo le llamo instrumento de dominio- llamada neoliberalismo, para racionalizar el saqueo que llevan a cabo a nivel global.

Tal como podemos constatar en los diferentes conflictos que han protagonizado pueblos contra pueblos, no por iniciativa de todos sus integrantes sino por la de las élites dominantes, ya sea en el Medio Oriente, en África, en Europa o en América (el continente), en todas las épocas hasta la presente, el desarrollo tecnológico y científico no ha ido aparejado del desarrollo espiritual, algo que podría ser factible si el conocimiento científico se hiciera extensivo a todos los millones de marginados, dejando atrás todo tipo de supercherías, dogmas y atraso fomentado por jerarquías político-religiosas de cualquier signo. Debo aclarar aquí que el término “espiritual” para nada se refiere a la religión; todo lo contrario, tiene que ver con una auténtica evolución de la propia mente humana, hasta el punto en que nos sea posible, como especie, no sólo cuidar de nosotros mismos, sino del planeta entero y el Cosmos, como lo expresó el inolvidable Carl Sagan.

Lo bueno y lo malo -ángeles y demonios-, lo moral y lo inmoral, vendrían a ser racionalizaciones o conceptualizaciones de los instintos de agresividad y solidaridad, egoísmo y heroísmo, entre otros, cuyo objetivo es el mismo: la perpetuación de la especie (o de los genes, de acuerdo con Dawkins). Al estudiar la historia de los pueblos del planeta, veremos que estos instintos han estado en permanente conflicto, sin que hasta la fecha, esta única especie dotada de atributos sorprendentes y exclusivos por causas todavía en controversia, haya podido evolucionar al punto de evitar la depredación de la naturaleza y eventual destrucción de sí misma y el resto del mundo.

¿Seremos capaces de sobrevivir a nuestros propios demonios, abrazando la ciencia y dejando atrás mitos, dogmas y fanatismos?

La ciencia no sólo es compatible con la espiritualidad, sino que es una profunda fuente de ella.
Carl Sagan

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